ATHARVA
22 11 09 - 20:21
El Sol es la Muerte. La Luna es la Vida. Llenad vuestra copa con el Vino Secreto. Vaciad vuestro corazón del odio antiguo. Tomad el agua de las lágrimas con obediencia y ánimo.
Vuestro camino será ahora tan suave como el propósito cierto de la mente junto a la que renaceis.
Círculo JHVH igneo, gladio verbi Divini ancipiti... Deo eam movente et regente, inclusus eoque contra portas inferni...
(ARTE PRIMA, Ludovicus Arct. Silen., 1648)
Más allá de los árboles, donde las llanuras comienzan a elevarse suavemente, surge un grupo de rocas apuntando al cielo gris. Están horadadas por multitud de pasadizos y túneles. Algunas cavidades ciegas, medio tapiadas por toscos muros caídos, dejan ver en sus paredes restos de pinturas, probablemente muy antiguas. Otros pasillos descienden por debajo del suelo hasta perderse de vista en la oscuridad. Sin embargo, todo está limpio. No parece haber rastro de esa basura que los visitantes descuidados suelen abandonar tras de sí. Hasta el aire huele a fresco y se cuela por entre las grietas, anunciando el invierno que ya se aproxima.

En lo más alto de las rocas, la mujer lleva un buen rato de pie, asomada a uno de los miradores. Sus manos están juntas a la altura del pecho. Los ojos permanecen cerrados. Su rostro muestra gran concentración. Como si estuviera practicando algún ejercicio secreto de cara al sol, que está a punto de ponerse en el horizonte.
Silencio. Sólo silencio y el breve rumor del viento que acaricia una cara tensa y blanca. Quizá también podría adivinarse allí la huella informe de algo.
El miedo... y el poder.
Ogdsavala midnarach, Ogdsavala...

De pronto, la mujer abre los ojos y, de sus labios, hasta entonces fuertemente apretados, comienza a salir una invocación.
Los sonidos surgen despacio, cadenciosos, con una musicalidad cristalina. Poco a poco van haciéndose más intensos y adoptan un extraño timbre metálico, respondido por el revoloteo de unos pájaros asustados, allá entre los árboles.
Sin ser demasiado fuertes, al escucharlas, se tiene la impresión de que aquellas palabras pueden transmitirse muy lejos y llegar sin dificultad al otro lado de las montañas que guardan el horizonte, alcanzando el borde opuesto del mar gris que, tras ellas, espera agazapado. O incluso de que pueden perderse por entre los gruesos copos de nieve que caen desde el cielo encapotado sobre la estepa, todavía más escondida y retirada.
A El-Ella-Ello, que no tiene nombre. Ha sido convocado y ahora se le despide. Ha sido anunciado y ahora se le encierra. Ha sido llamado y ahora se entornan estas puertas para que permanezca allí, en el lugar al que pertenece, hasta que se despierte la nueva edad.
Una vez que el eco de las palabras, pronunciadas en la vieja lengua de los reyes, se fue perdiendo como la onda que se aleja en el agua quieta, una gran paz pareció descender sobre el campo, sobre las rocas enhiestas, sobre los árboles y sobre las montañas.
También allá, en la estepa, la nieve dejó de caer.
Pero la mujer sabía muy bien que la paz no podía ser completa. Algo de oscuridad quedó prendida aún entre las grietas roqueñas, guardada en las profundidades, retorciéndose con su energía extraña, oculta en su cubil, escondida del sol y de la luz que, por entonces y pese a que Aquello permanecía allí, agazapado, volvió a brillar con fuerza.

Porque la naturaleza arcaica y terrible de lo Numinoso, puede llegar, incluso, a velar la mirada clara y radiante de los dioses.















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