CEMENTERIOS MILITARES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL. NORMANDIA
22 08 09 - 15:03Son territorios de la muerte. También puertas entreabiertas hacia otros mundos.

Escribo estas líneas sentado al borde del mar. A mis espaldas se extiende otro mar de cruces blancas, erguidas sobre una pradera verde, tranquila y cuidadosamente recortada. Desde aquí, en una tarde cálida y luminosa de verano, puedo ver perfectamente delineadas, por un lado, la linea en la que rompen las olas, allá en la orilla; por otro, la linea en la que se detienen las cruces. Estoy en el cementerio militar de Saint Laurent, sobre la playa que, todavía hoy, guarda su nombre de código secreto: Omaha Beach.

La Playa, Camino. Las Cruces, Destino y, tal vez, Puerta

Llegamos hasta aquí hoy rodeados por un gran silencio, a pesar de los nutridos grupos de visitantes que se reunen en el Centro de acogida de este cementerio militar norteamericano, inaugurado el 18 de julio de 1956. Construido por el gobierno de los Estados Unidos de América a través de la American Battle Monuments Commission (www.abmc.gov), abarca una superficie de 70 hectáreas y guarda el reposo de 9387 soldados norteamericanos, muertos durante el desembarco del Dia D, el 6 de junio de 1944 y en las posteriores y cruentas batallas que tuvieron lugar a lo largo de los tres meses siguientes.
Desde el aparcamiento rodeado de árboles y de grandes setos, camino despacio hacia la entrada Este del Memorial, donde voy a comenzar mi particular visita a este lugar, transmitiendo a mis lectores las impresiones tal como se van produciendo en mi. He de empezar por decir que no es la primera vez que vengo. Los motivos, curiosidad, trabajo, recogida de documentación para mis estudios antropológicos llevados a cabo sobre estos lugares de guerra y sufrimiento. Hay que decir también que este no es un cementerio más, sino un entorno repleto de mensajes y de sugestiones, lleno de misterio y también, como no, de una cierta sensación extraña, que no me atrevería a describir.
Entrada al Memorial

Esa sensación permanecerá con cada uno de nosotros, los centenares de visitantes que aquí se agrupan, mientras caminamos por las avenidas, o cuando contemplamos los nombres inscritos en un gran muro semicircular. Son los que corresponden a soldados, aviadores y marineros desaparecidos durante los combates. De ellos, ni siquiera se han podido recuperar sus restos, confundidos ya para siempre con las aguas, las tierras y los cielos de Normandía.
El Jardin de los Desaparecidos

Atravesando este lugar silencioso y tranquilo donde, ya no los muertos, sino solamente sus nombres y recuerdos permanecen atados a la piedra, camino hasta el Memorial, formado por un semicírculo de elevadas columnas, en cuyo centro se levanta una gran estatua de bronce. Representa a la juventud americana alzándose de las olas

Si, desde el pie de esa imágen profundamente simbólica, dejamos que corra la mirada hacia el oeste, veremos en perspectiva el gran mar de cruces blancas formado por diez cuadrados de tumbas, que se extiende, al parecer, hasta el infinito, como si quisiera llegar a esa Tierra de los Muertos que las tradiciones describen precisamente en esa dirección. De tal manera que el Memorial es como un area de paso que nos lleva, insensiblemente, hacia el Otro Lado, donde aguardan los que allí moran.


Puedo decir por experiencia propia, que tal sensación se multiplica sensiblemente cuando se contempla esa gran extensión de tumbas por la noche, con el pálido brillo de la luna cubriéndolo todo. A veces da la impresión de que algo se mueve allá, al fondo, donde la oscuridad se alía con el misterio. Pero no son más que ilusiones ópticas. La paz de los muertos parece prevalecer aquí sobre las sombras de lo numinoso.
En un cruce formado por dos grandes avenidas, se levanta una capilla redonda, rodeada también por columnas. En su interior, un severo altar encuadrado por dos grupos de banderas. Miramos hacia la cúpula para observar las figuras alegóricas de mosaico: América despidiendo a sus hijos que parten a ultramar y Francia acogiendo y coronando las almas de sus muertos. Los dos soldados que representan a las grandes multitudes de combatientes, aparecen semidesnudos. Lo que señala su condición de seres del Ultramundo o, cuando menos, de individuos que ya no pertenecen a nuestro entorno humano.


Sobre el techo de la capilla, reforzando su carácter de lugar paradójico y liminal, aparece un extraño remate. Se trata de un zodíaco de bronce en cuyo interior es posible ver una esfera armilar, orientada según los puntos cardinales y dirigida hacia poniente: la guía de aquellos que pretenden o intentan ir más allá, hacia el lugar mágico por donde desaparece el carro del sol y donde residen los espíritus inquietos de los muertos.

No es el único símbolo enigmático que alberga este cementerio. En la pared norte del Memorial que antes he mencionado, aparece un dibujo curioso y sugerente: Annuit Coeptis. Novus Ordo Seclorum. Bajo él, la puerta cerrada de una cripta.


Pero hay otros misterios. Dejo que mis pasos se pierdan entre las tumbas. Observo los nombres grabados en las cruces: Donald, Joseph, William. Todos muy jóvenes, veinte, veintidos, veintinueve años. En una de esas cruces puede leerse, Here rests in honored glory A comrade in arms. Known but to God. Observo varios así. Perdidos entre sus compañeros. Desconocidos. No identificados. Un secreto guardado para siempre por la tierra normanda y por la mullida pradera del cementerio.

No puedo dejar de pensar en todos estos muchachos cuya luz se apagó hace ya tantos años. Entre las tumbas, varias personas parecen buscar algo: un nombre, una fecha, un lugar... Clessie, Tennessee, July 12 1944.
Sobrevivir a algo tan terrible como el desembarco en Omaha Beach y morir un mes después. Moneda común por aquellos días de hierro, fuego y guadañas desenfundadas. Pero desde aquí, ahora, puede escucharse un suave rumor. Apenas es posible distinguir si se trata del mar o del viento que corre a través del laberinto de cruces. Pienso en tantas sepulturas perdidas. Perdidas, aunque no olvidadas, como aquella que encontró mi amigo Mikel en un pueblecito abandonado de su tierra navarra. Un aviador inglés caído con su "Mosquito" y que yace allí para siempre ( Se habla de ello en un excelente artículo de "Historia de Iberia vieja", Agosto 2009: Mikel Navarro, "El capitán Walker". No os lo perdais).
Pero ahora, no pueden detenernos estos recuerdos, porque nos espera otro gran cementerio, no demasiado alejado de este que abandonamos hasta una nueva y próxima ocasión: el British War Cemetery de Bayeux (www.cwgc.org).
Llegamos hasta él de una manera inesperada. Un suelo empedrado y adoquinado bajo las ruedas del coche nos hace moderar la marcha en uno de los bulevares exteriores de Bayeux y allí está: en esta ocasión no son cruces blancas, sino rectángulos en forma de lápida, los que se alzan formando filas.

Las tumbas apenas están separadas por una cadena ornamental, de la via por la que acabamos de llegar. Obstáculo más simbólico que otra cosa y que permite el paso sin demasiada molestia. Es un límite concebido para señalar el espacio de dos mundos, no para impedir el tránsito entre ambos.


Pero una vez que te introduces por las amplias avenidas de cesped, empiezas a darte cuenta de la terrible cosecha que la muerte se cobró aquí. Centenares de lápidas, también con sus nombres, lugares y fechas en cada una de ellas. Allí reposan los cuerpos de tantos jóvenes cuya vida quedó ferozmente truncada por la guerra. Allí permanecen también para siempre, junto a ellos, las esperanzas y los sueños de sus madres y de sus padres, arrullados por las campanas de la catedral de Bayeux.

No puede evitarse la emoción ante esos recuerdos. Aviadores, soldados, marineros... También algunos no identificados, Known unto God, unidos para siempre entre los brazos frios pero acogedores, al fin, de la Compañera que nos aguarda a todos.

Bill Millin, el legendario gaitero escocés que, el Dia D, desembarcó en la playa Sword con los comandos de Lord Lovat, volvió a tañer su cornamusa cuarenta años después, el 5 de junio de 1984. Los aires del pibroch con el que Millin obsequió a sus camaradas muertos, sonaron y sonaron hasta llegar a las riveras del Saskatchewan y hasta las Highlands, por donde revolotearon igual que las golondrinas y otros pájaros viajeros. Se diría que un rumor tan antiguo como el mismo mundo estremeció también por entonces la suave pradera del cementerio militar británico.
Quizá podríamos asegurar, hablando en confianza, que todavía se oyen esos aires en nuestros tiempos. Especialmente cuando el frío viento normando cambia de cara así, como quien no quiere la cosa, para convertirse en una brisa suave y cantarina, que parece acariciar las tumbas una y otra vez, en las noches de luna llena.
Penetra ad interiora mortis , decían los maestros antiguos. Así decimos también ahora, mientras el sol del verano se oculta, entre nubes, al otro lado del mar.

A continuación, como complemento e información histórica, unas fotografías de los cementerios descritos en este artículo, con el aspecto que ofrecían pocos años después de la guerra.
Cementerio americano de Omaha Beach

Cementerio británico de Bayeux (Fotos de E. Gunton)



Normandía, Francia, 20 de agosto de 2009.
















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