DANZAS DE LA MUERTE
04 07 09 - 17:49Est via quae videtur homini iusta:nouissima autem eius deducunt hominem ad mortem
(Prov. XIV,12)
Ven a mi Danza, hay un lugar en ella para ti.

Una flotilla de barcos cabecea entre las aguas agitadas. Se acercan al puerto. Aproximándose a un viejo y carcomido dique de madera ennegrecida por las subidas y bajadas del mar, lanzan las amarras y atracan torpemente. Los tripulantes parecen borrachos después de una juerga. Apenas pueden tenerse en pie en las húmedas cubiertas. Parecen borrachos, digo, pero no lo están. Están enfermos. La mayoría no se han levantado siquiera de sus camastros. Solamente unos cuantos bajan hasta el muelle y caminan, vacilantes, hasta caer también al suelo.
Los ribereños no se atreven a acercarse. Pero desde unas casas vecinas comienzan a lanzar una lluvia de flechas encendidas sobre los recién llegados. En los barcos, velas y cajas de cubierta empiezan a arder furiosamente. En poco tiempo, todo es un infierno llameante. Apenas se escuchan los gritos de aquellos desgraciados, quemados vivos en sus yacijas, de las que no pueden moverse.
De pronto, una nube de ratas surge de los navíos en llamas. Los animales atraviesan el espigón como una siniestra mancha oscura y se pierden por entre las casas y los campos próximos. Estamos en Messina, al nordeste de Sicilia. Es el 10 de octubre de 1347. La Muerte Negra acaba de hacer su entrada en la ciudad.

Al cabo de pocos dias, la peste cundió por toda Messina y sus alrededores y, en medio año, la mitad de la población de la zona había muerto o huído de aquél horror.
Sabemos que la Peste causada por la Yersinia Pestis, bacteria propagada por las pulgas que infestaban a las ratas y llegada del Asia Central, acabó con la vida de un tercio de la población de Europa por aquellos años. Muerte Negra o Peste Negra fue llamado aquél flagelo inmisericorde que parecía matar sólo con su soplo maligno. Hubo tres o cuatro episodios principales de la pandemia (1347, 1351, 1636) y fue tal el espanto que despertó por su insidiosa recurrencia, que su recuerdo siniestro nos estremece todavía hoy.

Algunos investigadores afirman que las Danzas de la Muerte tienen su origen en ese terror desatado. Pero seguramente no es del todo cierto, aunque es verdad que la mortandad de la peste en aquellos años pudo influir y sin duda lo hizo en la proliferación de textos, láminas, grabados y frescos en iglesias, palacios, cementerios e incluso en casas particulares.
Sin duda, los testimonios más espectaculares de estas obras, son los grandes frescos medievales, muchos de los cuales se han conservado y nos sorprenden con sus figuras extrañas y macabras.
Por lo general, las Danzas de la Muerte representan una hilera de personajes entre los que figuran muchos individuos pertenecientes a los diversos oficios y ocupaciones de la época: menestrales, labradores, soldados, cortesanas, monjas y sacerdotes, caballeros y damas. Entre ellos, tomándolos de las manos y haciéndoles entrar en una especie de zarabanda, aparecen otros tantos muertos, cadáveres que presentan todos los signos de la descomposición del cuerpo humano tras la muerte. Con burlona y sarcástica sonrisa en sus caras huesudas, arrastran con ellos a los vivos hacia un incierto e inquietante destino.

Los primeros frescos con el tema de las Danzas de la Muerte se pintaron en los soportales que rodeaban el recinto del cementerio de los Santos Inocentes en Paris. Fue en el año 1424. Curiosamente, doce años antes, en 1412, la Peste Negra se había cebado sobre la población parisina causando una enorme mortandad. En muchas otras ciudades europeas sucedió lo mismo y pronto el ejemplo de la villa de Paris fue imitado, apareciendo frescos de las Danzas de la Muerte por toda Europa a partir de 1440.
Soportales con escenas de las Danzas Macabras y osarios del cementerio de los Inocentes, Paris. ↓

La hilera de vivos y difuntos comienza a extenderse por las paredes de numerosos edificios civiles y eclesiásticos. Desde allí recordaban a todos la brevedad de la vida y el triunfo definitivo de la muerte en aquellos tiempos de ansiedad y de prueba. En Paris, Londres, Berlin y en otras muchas ciudades del Viejo Continente, la Peste se cebaba en ricos y en pobres, en damas de la corte y en prostitutas, en monjes y seglares, en monarcas y burgueses. Nadie podía escapar a su abrazo.

Pero los antecedentes de estas obras fijan sus raíces en tiempos bastante anteriores a la llegada de la Muerte Negra. Más concretamente en una vieja tradición que nos remonta muy atrás y puede llevarnos hasta lugares alejados, en principio, de las influencias de nuestra cultura: los dioses danzantes y Señores de los Muertos en Tibet, por ejemplo.
Citipati, dios danzante y Señor tibetano de los Muertos ↓

Porque sabemos que el temor a los muertos malignos y peligrosos que vuelven a nuestro mundo desde el Más Allá, es prácticamente universal. Así, en Europa, la Leyenda de los Tres Vivos y los Tres Muertos bien puede figurar como una representación cristianizada de aquél miedo universal a los difuntos que retornan y en lo que concierne a nuestro tema, también es posible considerar a este conjunto de leyendas como antecedentes directos de las Danzas Macabras y Danzas de la Muerte posteriores.
En los ejemplos más desarrollados de ésta Leyenda, tres caballeros -en alguna ocasión, dos caballeros y una dama- marchan por un camino en sus corceles. De repente, tres cadáveres putrefactos y descarnados surgen a su paso, interrumpiendo con su horrible presencia la marcha de los viajeros. La tradición cristiana exige que los difuntos se dirijan a los vivos advirtiéndoles sobre los peligros de una vida disipada y sin objeto. El tiempo de la existencia ha de ser bien aprovechado y no se debe desperdiciar con actitudes vanas: Lo que vosotros sois -dicen los muertos- nosotros fuimos. Lo que ahora somos, vosotros sereis muy pronto.

Sin embargo, parece que por detrás de estas piadosas y quizá convenientes advertencias existe, según suele ocurrir, algo definitivamente más siniestro.
En ciertas escenas, los difuntos no se limitan a avisar a los vivos de la necesidad de hacer penitencia. El horrible aspecto que muestran aquellos cadáveres recién salidos de la tierra, se combina con actitudes no demasiado pacíficas por su parte y los espectadores los contemplan con espanto y prevención. Sus caballos se encabritan ante la presencia de los muertos, en algunos casos poco les falta para salir huyendo y en otros dan definitivamente media vuelta para escapar. Por su parte, los difuntos avanzan hacia los que podrían tomarse como sus presas, llegando a sujetar la manta de las caballerías o la punta del vestido de los aterrados viajeros.
¿Cual será, entonces, el objetivo último de estas presencias? ¿Qué mensajes del Más Allá habrán de transmitirnos? Tal vez, en realidad, pretendan capturarnos y llevarnos consigo hacia un incierto destino. La Muerte que danza se ha cambiado de pronto en la Muerte que ataca.
Sin embargo, pese a esta perspectiva temible e intranquilizadora, en ocasiones las Danzas Macabras pierden casi todo su sentido siniestro y pasan a convertirse en una especie de torbellinos en los que son arrastrados los personajes que desempeñan su papel de vivos: reyes, caballeros, cortesanas, monjas....Todos son arrebatados en un vertiginoso movimiento circular. Pero ya no aparecen a nuestra vista esqueletos ni cuerpos descarnados amenazantes. La procesión de vivos y muertos se ha transformado así en un vórtice extraordinario mediante el cual pueden conectarse ambos planos de la realidad: la Vida y la Muerte.

Bibliografía para saber más:
-HANS HOLBEIN, La danza de la Muerte. Abada Editores. Madrid, 2008.
-ANDRE CORVISIER, Les danses macabres. P.U.F. Paris, 1998
-ROBERT S. GOTTFRIED, La Muerte Negra. Desastres en la Europa medieval. F.C.E. México1993.
-J.L.CARDERO, De lo numinoso a lo sagrado. Liceus. Madrid, 2009.
















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